He encontrado una vez más algo con lo que debemos convivir, con lo que la sociedad convive. Y en ciertas etapas, nos persigue.
Es casi tan difícil como el entender, como el saber, y más aún el “saberse uno mismo”.
Es tan difícil darnos cuenta de nuestros errores, ni hablar de cambiar, ni hablar de intentar, ni hablar de repetir… menos de fracasar.
Muchas veces lo sabemos, cometemos errores. Muchas veces lo sabemos, no estamos conformes. Conformes de actitudes, acciones, lo que hacemos y dejamos de hacer. Muchas veces hablamos de fracasar. Y aunque asuste esta palabra, y no me lo pueden negar, ciertas veces es menor de lo que uno imagina.
Si lo pensamos solo un segundo el fracaso es muy relativo, el fracaso es tan nuestro. Muy mío. Muy tuyo.
Algunas veces la culpa la tiene el destino, otras, nosotros mismos. Sin embargo no me arriesgaría a decir que es sólo psicológico.
Nosotros mismos nos dejamos caer, sin saber por qué nos condenamos a ello. Porque sí, es una autocondena. No estoy diciendo que nosotros decidimos cuando fracasar, pero hay que asumir que jugamos un papel importante. Diría protagonista.
¿Será que cuando decimos “fracasé” no es que algo nos haya salido mal por completo? Sino que abunda más la disconformidad propia que el error. O por qué no la disconformidad de la sociedad que nos rodea, que obviamente nos perturba.
¿Será que cuando decimos “hay que saber fracasar” de una forma más sutil estamos diciendo que “hay que saber perder” o “hay que saber darse por vencido”?
¿El fracaso es perder? ¿Es darse por vencido?
Estas dudas surgen durante toda la vida, y creo que aún más en nuestra edad. Es tan abstracto que no podemos explicarlo, es tan concreto como el hecho mismo. Muchas veces es bueno no pensar en él. Muchas veces es bueno, salir de él.
No nos desesperemos. Esto es muy humano.
Esta simple reflexión les dejo. No es un consuelo barato y nada más, es ver las cosas quizás, de otra manera.
Micaela Alvarenga

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