En los primeros días de la humanidad, y una vez que el mundo fue creado, los hombres se pusieron de acuerdo para que la palabra paz figurara solamente en las bocas y los textos de algunos soñadores.
Fue así que los hombres crearon los Países y los Nacionalismos, con símbolos para diferenciarse entre sí. Sucedió entonces que se inflamaron las pasiones absurdas, y ellos, ciegos de fanatismo, dieron origen a la Guerra, en busca de expandirse y ejercer autoridad sobre otros seres. Nadie sabe qué se les pasó por la cabeza, de dónde llegaron esos aires de superioridad; lo cierto es que, cuando alguien se puso a pensar sobre estas cuestiones, la sangre ya se había derramado inútilmente, y había un soberbio vencedor y un humillado vencido. Y el mundo seguía girando, y muy pocos hacían ó pensaban en algo para cambiar este panorama.
Parece ser que estos hombres, que amaban más que nada el sentirse poderosos y tener en sus manos la vida de otros, no se fabricaban en ningún lado; nacían con su vocación firmemente marcada (o mejor dicho, su soberbia).
De los hombres de esta especie, hay uno por el que tengo un ensañamiento particular y de quien intentaré contar su vida de la forma más breve posible.
Fue de la estirpe de los botas locas, esos personajes que sienten fascinación por el uniforme verde, las charreteras, las armas y las condecoraciones. A medida que el poder se acumulaba en sus manos, supo que, para retenerlo, debía crear un país de seres con una mentalidad inferior, para poder digitar su pensamiento y sus acciones. Pero también debía hacerse amigo (qué horrible me suena esta expresión) de los marginados, los olvidados por la sociedad de ese entonces y ahora. Ellos lo llevarían al poder y lo defenderían ciegamente. Era un orador increíble, un demagogo notable y una persona con un control admirable sobre las masas. Entonces, tomó prestadas algunas leyes que habían sido propuestas por un hombre justo (pero habían sido rechazadas por los diputados del Honorable Congreso de la Nación Argentina) y logró imponerlas. No se puede negar que hizo mucho, en un país en el cual la autoridad promete constantemente y se queda de brazos cruzados eternamente.
Pero el General no podía negar su naturaleza y aplacar sus deseos de superioridad. Fue así que censuró y reprimió a hombres y mujeres brillantes, encarceló a peligrosas ancianas, cobijó a asesinos culpables de crímenes de lesa humanidad, torturó a opositores, manipuló las mentes débiles de niños mediante libros de enseñanza escolar y prohibió a las voces que tenían opiniones diferentes, entre otras cosas.
La cuestión es que, luego de unos años, unas víboras que se habían escapado de la misma jaula que él (otra víbora), lo derrocaron, y huyó velozmente al exilio. Y puede decirse que, a pesar de su condición militar, tomaron una decisión razonable al prohibirle la entrada al país. Pero, aún desde afuera, mantuvo su influencia sobre sus colegas.
Ocurrió así que quiso completar la trilogía, y fantaseó con un regreso pomposo y con ocupar nuevamente el sillón de Rivadavia. Entonces se puso a jugar al ajedrez contra sí mismo, y a cada pieza que movía, su país se teñía de sangre. Las piezas negras fueron jóvenes, impetuosas y fabricadas en la Corporación del Nacionalismo Católico, y perpetraban atentados en nombre del General. Las piezas blancas, como el juego lo pedía, se encargaban a su vez de combatir a las piezas negras a los tiros.
Jugada a jugada, llegó de nuevo a esa casa rosada, a pesar de que la salud le jugaba en contra y su Brujo personal lo controlaba. Durante sus últimos días, tal vez haya podido apreciar que el tablero se le escapaba cada vez más de las manos. Pero claro, ¿quién ganaría y quién perdería el juego, si los dos bandos respondían al movimiento de la misma mano?
La respuesta llegó una fría mañana de julio, en la que el jugador dijo basta para siempre y se autoinflingió el Jaque Mate, tal vez arrepentido de haber existido, tal vez creyendo que su obra había sido buena y otro debía continuarla. Lo cierto es que las piezas siguieron jugando solas, moviéndose a sangre y fuego por esas 64 casillas, hasta que cayó la noche y ahí nos dolió a todos. Una noche que duró siete años, y aun hoy, deja asomar algún vestigio, como para recordar que sucedió.
Pero nadie advirtió que, si el General no se hubiera entrometido, segado de poder y ambición, otra hubiera sido la historieta, ninguna vida habría desaparecido y tal vez hoy sus seguidores no se creerían los dueños del país.
Los sucesos relatados en este texto se deben a la soberbia, la ambición, la vanidad y la intolerancia de un hombre que no quiero mencionar. Todavía padecemos las consecuencias de sus obras.
Facundo Fontanella

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del.icio.us
Muy interesante tu post!
Es bueno ver hoy en día alguien con "conocimiento" de la triste historia nacional. Lamentablemente son pocos... algunos por ignorancia, otros por desidia y lo peor, que algunos optan por olvidar, como si de esta manera se pudiera borrar la sangre derramada en todos esos años de sufrimiento y desgarramiento de la patria.
Para los que, digamos... no saben a quién te referís, ese gran orador y demagogo no es otro que el "General Perón", un hábil manipulador de las masas. Quién por influencia de su mujer, me refiero a Eva Duarte, se valió de los proyectos de ley de Alfredo Palacios, que hasta ese entonces se hallaban "cajoneados" en el "Honorable Congreso de la Nación". Gracias a las ideas robadas a un visionario, llegó a ser tan popular.
En cuanto a su brujo personal, no era otro que el nefasto Lopez Rega, uno más de los personajes oscuros que padeció el país. No hace falta hablar de lo que vino después con el "preoceso de reestructuracion nacional".
Lo importante es conocer nuestra historia, aprender de los errores para no volver a cometerlos nuevamente. Aunque la ignorancia que reina en el país, refleja todo lo contrario. Sin embargo, tengo esperanzas...
sonrisa de plastilina
30-08-2008 - 16:52:58 GMT 1